¿Tienes la confianza para ser vulnerable?

Ah… cómo luchamos con el temor a resultar heridos.

La vulnerabilidad crea vergüenza y miedo; miedo a no ser aceptados, a ser criticados por los demás. Evitamos mostrar nuestros sentimientos, pensamientos, emociones, miedos y sólo mostramos aquello que nos hace sentir seguro. El tema es si realmente ocultarlo significa que vaya a desaparecer. La respuesta seguramente ya la hemos experimentado… es todo lo contrario, al ocultarlo se enraíza, se acumula e incrementa nuestro malestar en el intento fallido de intimar en nuestras relaciones.

Somos imperfectos, somos vulnerables, tenemos miedo, no siempre tenemos o hallamos las soluciones a nuestros conflictos y precisamente ahí es donde radica la belleza de nuestro ser, es nuestra imperfección la que nos hace más humanos. No durmamos nuestros miedos, nuestros “fracasos” con pastillas, con alcohol, con comida, con compras, con operaciones… aceptemos nuestra vulnerabilidad y conozcámosla mejor, no la rechacemos. Si todos hiciéramos esto, nos sentiríamos en comunión los unos con los otros. Sin competencia, sin envidia, sin comparaciones que nos lleven a sentirnos en desventaja y con la necesidad de acudir a otros medios para equilibrar ese sentimiento de inferioridad.

Puede ser que estemos acostumbrados a que nuestra pareja, amigos, familiares o la gente en general adivine aquello que necesitamos o quizás en ocasiones tengamos miedo a reconocer que necesitamos algo por temor a que rechacen nuestras peticiones. Pedir también supone reconocer que somos vulnerables y que ni lo sabemos todo, ni lo podemos todo. Y es que estamos con tremenda confusión, ser vulnerable no significa ser débil. Solo alguien realmente fuerte puede permitirse mostrar su vulnerabilidad. Ésta es la puerta del aprendizaje. Asumir cómo somos y que nos queda mucho por aprender. Desgraciadamente, cuanto más sabemos más nos cuesta aprender, más creemos que las cosas no nos van a sorprender, que todo ya está inventado y nosotros lo sabemos, por lo tanto determinado conocimiento está de sobra en nuestro sistema. Esto se convierte en nuestro freno, en una cadena de falsa seguridad que nos impide lanzarnos a lo desconocido o aprender que una misma lección tiene diversas acciones y puntos de aprendizaje que nos llevan a tener un nuevo conocimiento de una experiencia que para nosotros era desconocida.

Con esta reflexión no pretendo dar la idea de ir al otro extremo, considerar la vulnerabilidad como una fortaleza no quiere decir que tengamos que afrontar la vida desprotegidos en todos los ámbitos y en todas las situaciones. Me refiero al hecho que somos humanos, que tenemos puntos débiles, que cometemos errores y que podemos vivir con todo esto de una manera mucho más fluida y natural, con menos miedo y que al hacerlo, nos conectamos mejor con los demás y podemos estar conectados a nuestras emociones sin estar forzando una apariencia de roca.

En este punto vale la pena reflexionar y cuestionarnos ¿de dónde proviene ese miedo que sentimos? Y la respuesta, estoy casi segura que vendrá de alguna consecuencia de la primera vez que nos “rompieron el corazón”. Las heridas del pasado se convierten en nuestras sombras de adultos. Y la primera vez que alguien puede sentir su corazón roto, puede ser de algún familiar: padre, madre, hermanos, abuelos, que de manera inconsciente le lastimó.

Obviamente nadie quiere volver a sentir ese dolor, así que nace la protección ante cualquier posibilidad de volver a vivir y a experimentar el daño que se sufrió en el pasado. Así sin darnos cuenta, sin conciencia, vamos blindando nuestras emociones y con ello todo nuestro sistema de pensamientos y formas de demostrar nuestros sentimientos. Es habitual que desarrollemos de más la razón (hiper-razonemos), pues ésta es imposible que pueda salir lastimada. Y así sin más ni más nos encontramos a través de nuestros años razonando más en nuestras relaciones que sintiendo.

¿Cuál es la desventaja de este mecanismo de defensa? Que corremos el peligro de perdernos la experiencia de amar y ser amados no sólo razonablemente sino emocionalmente con todo lo que ello conlleva en una experiencia material y espiritual.

Si elegimos emprender el camino de descubrir de dónde viene esa herida inicial que ha provocado que no nos mostremos vulnerables, seguramente podremos disfrutar de una vida y un camino mucho más liberador. En otras palabras, exponiendo nuestro corazón seremos más vulnerables pero así mismo, nos haremos cada vez más fuertes. Nos daremos cuenta que aprenderemos a recuperarnos cada vez más rápido y tomaremos mejores elecciones de cómo permitirnos sentir, fluir y crecer.

Recordemos que el miedo siempre es el problema y el amor es siempre la solución. Cada uno de nosotros crea su propia realidad y es el Universo (Dios, la energía, inteligencia superior, como queramos llamarle) quien responde a nuestro estado. Así que “ lo que estoy eligiendo vivir hoy internamente, está definiendo lo que reflejará mi entorno mañana”.

El amor y el miedo tienen una vibración en nuestra energía y por supuesto, eso ayuda a marcar y determinar nuestro sentir y lo que nos rodea. La vibración del miedo normalmente viene desde la perspectiva de sentirnos separados del mundo, de sentirnos como algo externo que no forma parte y que es completamente independiente a lo que nos rodea. La vibración del amor viene desde la perspectiva de sentirnos en unidad con el mundo, de sentir que formamos parte de algo más grande. Cuando vibramos en el amor, no hay miedo a mostrarnos como somos, podemos permitir exponer nuestras emociones y mostrar nuestra vulnerabilidad. Nos conectamos con nosotros y con los otros. Compartimos, confiamos, agradecemos y eso ayuda a sentirnos equilibrados, en armonía y fluimos mucho mejor para tomar mejores decisiones en nuestras relaciones sin tener que acudir a una máscara de fortaleza y razonar todo lo que sintamos. En otras palabras, nos permitiremos ser vulnerables y en ello encontrar nuestra fortaleza al permitirnos Ser.

 

Gracias por Ser, Estar y Compartir.
Con amor,

Tita Berman

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