¿Vives una relación tóxica?

El término relaciones tóxicas es relativamente reciente y está tan nombrado que da la impresión que es un nuevo invento de este milenio. No es así: el maltrato, el apego, la dependencia o el engaño existen desde que se inició la historia de las relaciones humanas.

Una pareja tóxica es aquélla que mina tu autoestima poco a poco y te deja un poso de emociones negativas cada vez que se acerca. ¿Te suena conocido?

Tolerar cada día su desprecio ya no tiene excusa, es tu responsabilidad poner límites a quien no te trata con respeto, a quien como pareja no se digna a cuidarte. Por muy atractivo que a primera vista pueda parecerte, presta atención a señales muy obvias, lo único que tienes que hacer para no engancharte a una persona tóxica es observar y no justificar actitudes que en otra persona censurarías duramente. Cuando reúnas las pruebas suficientes, huye, de lo contrario sólo escogerás sufrimiento para tu vida emocional y créeme ni tú ni nadie merece algo así. Y si elegiste esto en el pasado eso no te define, puedes cambiar esas elecciones en tu presente.

El denominador común de todos los vínculos humanos, es la dependencia. Cultivamos las compañías para que nos aporten algo: cariño, cuidado, entretenimiento protección y por supuesto no podía faltar, amor. Una parte sustancial de nuestro bienestar está repartida entre diversas personas con las que mantenemos conexiones íntimas, otra parte de este bienestar proviene de la armonía con nosotros mismos. Pero cuando todo, absolutamente todo depende de una sola persona, de sus actos, sus palabras, sus cambios o de sus decisiones, aparecen las primeras toxinas. Algunas parejas inician su relación con un enamoramiento idealizador (de una o de ambas partes). En la mayoría de las ocasiones este enamoramiento se va diluyendo y en lugar de evolucionar al amor adulto, involuciona a la dependencia. Son relaciones de aburrimiento rápido, de ya no es lo mismo de antes, necesito que me conquistes de nuevo y ya no siento mariposas en el estómago. Se le reprocha al otro, no tanto haber dejado de amar, como el haber dejado de cumplir su parte en el acuerdo tácito de mantener provistas las necesidades de afecto, valoración o compañía.

En otros casos, las relaciones ya nacen en desequilibrio. La estafa emocional, el no compromiso, la indiferencia afectiva, el abuso, el maltrato o los celos obsesivos son toxinas normales de encontrar en vínculos enfermizos cuyo principal denominador es una dependencia insana que nos ata de manos y pies, impidiéndonos elegir no ser degradados o controlados. Así que, quien es adicto a una mala relación, padece un síndrome del prisionero. Sueña con la libertad, a veces tiene destellos y sueña con ella, pero cuando apenas tiene la oportunidad de un mundo desconocido que se extiende, se vuelve a refugiar en su celda con un miedo más sólido que cualquier barrote físico. Por ello, muchas relaciones tóxicas son relaciones de idas y venidas constantes, lo de menos es la excusa que cada uno pueda encontrar para seguir en ellas: dinero, salud, hijos, lo que sea es una buena excusa para seguir preso de esa relación.

El costo de una relación tóxica suele ser alto. No abandonar la zona del dolor es un agresión hacia la autoestima y puede ser causa de neurosis severas a largo plazo. Los síntomas habituales de un vínculo tóxico sostenido en el tiempo van de la depresión profunda al estrés, la ansiedad, fobias, trastornos obsesivos-compulsivos e incluso somatizaciones en forma de verdaderas enfermedades físicas. En otros aspectos, puede afectar también al desempeño laboral o a las relaciones con familiares y amigos.

Convertir a la pareja en una necesidad tan básica como el comer y el respirar es negarse el derecho a elegir con quién queremos compartir una vida. Si algo no nos cuadra, si no nos sentimos bien, si no podemos ser nosotros mismos o nos sentimos angustiados y atrapados, no estamos en una relación: estamos en un trampa.

 

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